Como el trekking nos supo a
poco y nos están encantando los paisajes del norte de Tailandia, decidimos
dejar el equipaje en la guest house, coger lo básico y necesario y alquilar una
moto para hacer la ruta 1095 durante tres o cuatro días. La moto seleccionada
fue una Honda Phantom que en principio es una fiable moto de carretera.
En el primer tramo de Chiang
Mai a Pai todo fue sobre ruedas, buena carretera y grandes vistas. Pai es el lugar de veraneo de
muchos ciudadanos de Bangkok en su temporada más fresca, no obstante ahora está
más vacío pero sigue conservando su encanto hippie y relajado. El hotel donde
decidimos pasar noche, el Pai Laguna, es lo que uno se imagina cuando piensa en
un lugar tranquilo para descansar en un valle de estas características. Una
cabañita de madera junto a un lago con vistas a las montañas y nada más que un
sofá, una hamaca en la pequeña terraza exterior y un perro callejero la mar de
cariñoso!








Como era todo tan idílico
nuestra moto decidió no encenderse cuando nos disponíamos a visitar el centro
de Pai. Avisamos al sencillo personal del hotel y ellos se encargaron de avisar
a unos jóvenes mecánicos que se llevaron la moto para arreglarla (limpiaron el
carburador y poca cosa más). Mientras, el genial dueño del hotel nos dejó su
moto y así pudimos visitar Pai y volver sin problemas.




El segundo tramo era de Pai
a Mae Hong Son, todo iba bien y los paisajes estaban dejando de mostrar
arrozales para aumentar la frondosidad de la vegetación. A medio camino, en las
cercanías de un pequeñito pueblo llamado Pang Mapha la moto decidió empezar a
renegar de las numerosas cuestas y se quedó parada en una. Los empujones de
unas señoras cargadas con sacos que pasaban por allí en ese preciso momento nos
ayudaron a revivir la moto y llevarla al pueblito. Allí un mecánico de lo más
rústico, en apenas media hora, sacó el pedal de cambiar las marchas, soldó
alguna pieza y ¡listos! La moto estaba vivita y parecía que quería seguir el
tramo que nos quedaba!

...y llegamos a Mae Hong Son,
un pueblo rodeado de montañas con notable influencia birmana en sus templos
debido a la cercanía con este país vecino. Ya con el vientre lleno decidimos
buscar un lugar para dormir esa noche y como no hay dos sin tres… la moto
volvió a morir en una calle soleada. A pesar de ello y creemos que con la
suerte de nuestro lado otro buen samaritano tailandés (y es que realmente aquí
la buena gente abunda) se encargó de ir a buscar un mecánico con su moto y
volvieron con una furgoneta para cargarla y llevarla a la tienda de
reparaciones. Esta vez había sido la bujía y la batería. Con la moto en nuestro
poder visitamos los templos de estilo birmano del pueblo y paseamos junto al
lago.






A la mañana siguiente,
tocaba deshacer la ruta y emprender camino a Chiang Mai. Por casualidades del
destino, cerca del pueblo de Pang Mapha donde paramos en la segunda reparación,
un tramo de barro nos sorprendió y acabamos marrones. No quedó ahí la cosa,
ojalá, en otra temible cuesta la moto se paró y empezó a escupir la gasolina
dejándonos perplejos por la cantidad de interferencias que irrumpían nuestra
aventura.
De nuevo, y gracias al amigable carácter y generosidad thai, tuvimos la gran suerte de que pasara por esa carretera solitaria una moto
de un auténtico boy-scout francés que estaba recorriéndose el norte de Tailandia él solo. Además de él, también paró una camioneta de unos tailandeses que iban hacia Pai.
Diez minutos
después, y con la ayuda de todos, la moto ya estaba subida y amarrada, y
nosotros (uno en la cabina con el conductor y otro en la parte trasera con un
militar y la moto) nos dirigíamos esta vez sobre cuatro ruedas, hacía Pai.
El traductor altruista del
mecánico de Pai nos ayudó a comunicarnos con la compañía que vino a buscarnos
en una furgoneta para llevarnos de vuelta a Chiang Mai. Así que el último tramo
de Pai a Chiang Mai, por muchas ganas que tuviera Xavi de hacer curvas, lo
hicimos en furgoneta.
Al llegar a Chiang Mai los
jefes de la compañía nos estaban esperando, nos montaron en su 4x4 de lujo y
nos llevaron a una de las sucursales del centro eso sí, invitándonos a medio
camino a cenar unos noodles con sopa espectaculares.
Nuestras dotes
interpretativas de pena y enfado (y para ser sinceros también le echamos
bastante morro) ayudaron a que nos devolvieran gran parte del dinero y además
nos dejaran una moto gratis para el día siguiente. Como anécdota la moto que
según la dueña era la que estaba disponible es rosa y blanca y tiene matrícula
de la Kitty. Ya os podéis imaginar el cambio que supuso para Xavi conducir una Phantom a una
vespino rosita.
Nos despedimos de esta
ciudad que nos ha encantado con unas bambas nuevas cada uno, unos cuantos
masajes en las espaldas y la ilusión de volver y seguir disfrutando del
norte del país. Ahora sí, iniciamos ruta por el sur y esta misma noche volamos
hacía la playita!